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El desierto

DesiertoLas primeras luces de la mañana trataban de desplazar las sombras de la noche en el desierto del Sahara, junto al oasis de Al-kasir; un pequeño remanso de paz y vegetación. La arena rodeaba con sigilo el lugar, como si fuera repelida por una fuerza sobrenatural, tratando de buscar su propia identidad. Pequeños montículos competían traviésamente cerca de las palmeras, mientras eran arrastrados suavemente por la brisa de la mañana. Observaban con cierta envidia, como en el horizonte, las grandes dunas, antiguas como la historia se erigían orgullosas gracias al prestigio adquirido durante siglos.

 Los pequeños montículos arenosos, en su inocente juego, corrían peligro de desaparecer si insistían en jugar en las proximidades de Al-kasir. El aíre podría empujarlos al interior del oasis, no permitiendo que nunca más pudieran salir de aquel lugar. Su madre, una duna mayor siempre les repetía:

— Ya sabéis que es bueno jugar cerca de los arbustos. Que es muy peligroso. Además, ¿no queréis ser grandes el día de mañana?

—Sí mama, ya lo hacemos.

Aquella forma de vida era la habitual en el desierto; siempre esperar a que el viento fuera favorable para poder aspirar a convertirse en una duna mayor.

Todos los años, al llegar el verano, se repetía el mismo proceso, era el momento del cambio. Al avanzar los calores estivales, los primeros vientos fuertes se presentaban y era la ocasión elegida por los jóvenes para poder convertirse en dunas grandes e importantes.

Al mediodía, el sol empezaba a calentar con fuerza desde muy temprano. La suave brisa que aDesierto y camello primera hora rozaba suavemente los lomos de las dunas, tornaba a aíre violento, por efecto del calor del sol, arrastrando de un lugar a otro los primeros granos de arena.  Pero todo estaba por empezar. Un revuelo generalizado empezó a invadir el desierto. Las dunas más grandes y elevadas dieron la voz de alarma; en el horizonte se extendía una gran tormenta de arena. Ellas por su antigüedad, ya habían vivido en otras ocasiones el peligro que aquellos fenómenos infringían a las dunas; mientras que para las más jóvenes, aquello podía representar la mejor de las posibilidades de ser mayores, para las más ancianas y las que estaban cerca del mar, podrían significar la desaparición definitiva, fundidas con las arenas de la playa.

Todos miraban con temor aquella barrera que inexorablemente se aproximaba; era el momento de las despedidas, las ilusiones y los deseos.

El aire fue enrareciéndose poco a poco conforme aquella columna avanzaba. Remolinos de aire caliente empezaban a merodear, buscando a los pequeños montículos arenosos, que por descuido no estuvieran guarecidos cerca de las grandes dunas.

El cielo empezó a oscurecerse, los remolinos fueron tornándose fuertes y agresivos, arrastrando en su empuje ingentes cantidades de arena. Tras ellos, vinieron los vientos del sur, predecesores de la tormenta y tras ellos, la fuerza descomunal de la tormenta. El viento y la arena fundidos empujaban en todas direcciones, sin distinguir entre montículos o dunas, todo era arrastrado. El paisaje fue cambiando, sin respetar parentescos; los montículos más pequeños que permanecía cerca del oasis, desaparecían entre sus palmeras; los que estaban a resguardo, se convertían en grandes dunas y las dunas que por desgracia permanecieran cerca del mar, desaparecieron integrándose con él. La historia se repetiría hasta el fin del verano, en que la paz y la estabilidad volverían al oasis de Al-kasir.

 

 

 

 

 

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