La tormenta
Mayo 5, 2008 por elsaeton
Desde lo alto de la colina, las sensaciones de paz me invadían. Una suave brisa ascendía por la ladera, acariciando con suavidad mi cara. Era el complemento perfecto para aquel día tranquilo. Respiré una y otra vez, tratando de que aquella esencia dilatara mis pulmones y pacificara mi alma. Todo era perfecto. Levanté los ojos y observé el horizonte. Los últimos rallos de sol trazaban coloristas tonalidades anaranjadas por aquellos páramos. Todo parecía estar tranquilo, pero en la naturaleza, nunca nada está quieto, todo está en movimiento constante. El día de primavera había sido muy calido y el suelo permanecía caliente, algunas corrientes calidas ascendían hacia los cielos, como impulsadas por un deseo irrefrenable de libertad. En lo alto, las nubes oscilaban aceptado poco a poco aquellas pequeñas corrientes. En ellas, aquellas corrientes, las expandía y forzaba la aparición de algodonosas formas. Qué belleza, poder observarlas. La imaginación se desbordaba en un sin fin de detalles: imágenes de viejos, niños; formas de animales viajeros; objetos vivos y inanimados. Nada se escapa a la fantasía que sugieren las nubes.
Pronto aquellas anímicas formas, adquirirían tonalidades grises, su blanco y algodonoso perfil se sustituiría por formas grandes y amenazantes. El cambio se
empieza a sugerir, la naturaleza se altera y algo empieza a cambiar. La suave brisa, torna en aire revoltoso que se agita nerviosamente en todos los sentidos. Los secos aromas, cambian a húmedos y fríos, incomodando el espíritu. Los rallos del sol, ya no dispersan sus rayos anaranjados por el horizonte, tan sólo pequeños retazos grises se animan a atravesar a aquellas espesas y amenazantes nubes. El viento se agita cada vez con más violencia y el pensamiento se dispersa ante las necesidades de seguridad. El ánimo se concentra y empuja al espíritu a la necesidad de buscar refugio. “Que lejos he dejado el coche, el cielo amenaza tormenta y tendré que tener mucho cuidado”. El cielo se oscurece y entre las nubes, los rayos se extienden ofreciendo un estremecedor espectáculo. El aíre empieza a soplar con fuerza y la naturaleza empieza a exigir que las criaturas allí presentes abandonen sus territorios; animales grandes y pequeños, buscan refugio velozmente, tan sólo el ser humano trata de controlar la situación, obligándose a sí mismo a caminar más tranquilo. En el horizonte se empiezan a ver cortinas de agua cayendo entre las lejanas nubes y un fuerte olor a tierra húmeda inunda los pulmones. Es la señal esperada para animar el paso y tratar de llegar a la calidez que ofrece el coche. Empiezo a correr, pero, entre rayos y truenos, en campo abierto, aquella no es la mejor de las opciones. El miedo
me empieza a atenazar y me arrepiento de haberme alejado tanto del coche. Los truenos, los rayos y aquellos vientos húmedos, estaban cambiando la fisonomía del paraje. Lo que en otro momento ofrecía belleza suave y calida, ahora ofrecía dureza y frialdad. El miedo a lo desconocido avanzaba; la noche, la lluvia y el violento viento me atemorizaban haciéndome caminar encorvado. Un rayo atravesó el cielo con fuerza, incrustándose en un árbol, tras él un aterrador trueno hace temblar el terreno y como si de una descarga se tratase, me lanza contra el suelo. Me arrastro hasta alcanzar una acequia, aquél sería el deseado refugio. El agua caía sin tregua, amenazando mi integridad, el frío me hacía tiritar, mientras el ruido de los truenos me hacía esconder la cabeza en el fondo de aquel agujero. El viento empujaba arbustos, hojas y pajas, y los elevaba hasta lo más alto de los cielos.
Pasó tiempo, mucho tiempo, una eternidad. Tiritando y con el ánimo perdido por el miedo, la cabeza no se atrevía a sobresalir, ¿cuánto duraría la pesadilla? La naturaleza es sabía y siempre a la tempestad, le seguiría la calma. La lluvia que había encharcado los páramos, empezaba a decaer y el violento viento, volvía a tornarse en brisa. Levanté la cabeza y al frente, en el horizonte, el sol volvía a atravesar las nubes; rayos de luz anaranjadas las atravesaban con decisión, frente a ellas, la tormenta presentaba sus respetos con la aparición del un multicolor arco iris; la tormenta había terminado. {mas…]
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